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Soledad

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Le fui a quitar el hilo rojo

que tenía sobre el hombro

como una culebrita

Sonrió y puso la mano

para recogerlo dela mía

Muchas gracias, me dijo, muy amable,

de dónde es usted?

Y comenzamos una conversación entretenida,

llena de vericuetos y anécdotas exóticas,

porque los dos habíamos viajado

y sufrido mucho

Me despedí al rato,

prometiendo saludarle la próxima vez que le viera

y si se terciaba tomarnos un café

mientras continuábamos charlando

No seque me movió a volver la cabeza,

tan solo unos pasos más allá

Se estaba colocando de nuevo,

cuidadosamente

el hilo rojo sobre el hombro,

sin duda para intentar capturar otra víctima

que llenara durante unos instantes

el amplio pozo de su soledad

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Esa maldita soledad duele

y no me deja respirar

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